Había una vez una niña llamada Irati que estaba en el gimnasio practicando kárate. De repente llegó su maestro llamado Penkog y le dijo que estaba expulsada, así que Irati probó a hacer otra cosa.
Pensó y pensó hasta que un día paseando por el campo se encontró unas pinturas, se fijó en ellas y entonces las pinturas empezaron a bailar por el aire y los colores hicieron un arcoiris.
Irati estaba muy contenta de ver aquello y en ese momento vió a su profesor y el arcoriris desapareció y las pinturas se convirtieron en mini-lápices que se metieron en su bolsillo.
Su profesor le dijo que podía volver a practicar kárate y ella desde entonces es artista y karateka.
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